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Comer animales

Fuente: El Mercurio


Jonathan Safran Foer y su lucha contra las fábricas de animales

En medio de la nada, en algún pueblito de la Ucrania rural, un extraño gringo veinteañero está en la mesa de una desierta posada en busca de comida. Lo acompañan Alex y un anciano, con quienes anda tras la pista de Trachimbrod, el lugar de donde emigró su abuelo. “Una cosa deberían saber… soy… cómo decirlo…”, explica tímidamente el joven. “¿Un hambriento?”, le pregunta Alex. “Soy vegetariano”, le espeta a sus anfitriones. Así comienza una conversación de sordos marcada por la incomprensión de los comensales (y de la señora que atiende el restaurante, quien dice que sólo hay carne con papas y que las papas se sirven sólo con carne). El nombre del personaje que no come animales es Jonathan Safran Foer, el mismo del autor de esta novela, titulada “Todo está iluminado”.

Luego de publicar dos libros de ficción, de gran éxito de crítica y ventas, el novelista estadounidense de 34 años se aventuró a escribir un híbrido entre ensayo y reportaje sobre un tema que lo perseguía desde su infancia: comer o no comer carne, una inquietud, que como se ha visto, había tratado en su novela debut. La decisión de meterse en un tópico tan incómodo surgió cuando, junto a su esposa, la escritora Nicole Krauss, decidieron tener un hijo.

Safran Foer quería saber con exactitud y concreción de dónde provenía la comida con la que alimentaría a su primogénito. Una pregunta que nadie quiere hacerse, y que de hecho se refleja en que algunos no quieran leer su libro por temor a convertirse en vegetarianos. El miedo a conocer el origen de los alimentos que pasan por nuestros estómagos; esa idea de suprimir la conciencia en favor del deseo de comer es lo que Safran Foer intenta combatir en “Comer animales”.

El escritor pasó tres años investigando, entrevistando y realizando observaciones de campo en granjas industriales y familiares con el fin de conocer el proceso de producción de la carne y el negocio por dentro. No fue una decisión fácil. Así como él mismo optó por un menú carnívoro para su matrimonio y comió sushi en su luna de miel, todas sus historias de vida estaban ligadas a la comida: el pollo con zanahoria de su abuela, el guefilte fish (albóndigas de pescado) de Pésaj (pascua judía), el pavo del Día de Acción de Gracias.

“La comida es cultura, hábito e identidad”, escribe el autor. “La ética de la alimentación es tan compleja porque la comida se relaciona tanto con las papilas gustativas como con el gusto, con biografías individuales y con la historia social”. El hecho de comer o no comer animales nos afecta profundamente, dice Safran Foer, pues la carne “está vinculada con la historia de quienes somos y de quienes queremos ser, desde el libro del Génesis a la última factura del supermercado. Propone significativas cuestiones filosóficas y es una industria que factura más de 140 mil millones de dólares al año”, dice el escritor.

Pero ese no es el punto más complicado, según explica: “La elección de los alimentos viene determinada por muchos factores, pero la razón (incluso la conciencia) no suele ocupar los primeros puestos de la lista”. Esto, porque nadie asocia un jugoso bistec con el sufrimiento del ganado al que pertenece ese trozo de músculo, y menos aun considera que lo que meterá a su boca será, dicho sin rodeos, un pedazo de cadáver de animal.

Crear conciencia sobre la “carne torturada” que produce el sistema industrial ganadero es la meta de Safran Foer -de aquí que invierta más de la mitad del libro en describir los aterradores procedimientos de las granjas industriales-, pero es claro en afirmar que su libro no es una defensa a ultranza del vegetarianismo, a pesar de que es su opción de vida: hoy, su hijo de 5 años no come carne, como tampoco él y su esposa.

Pollos mutilados

Alimentarse o no de animales no es un tema nuevo. El término “vegetariano” data de 1842, aunque la práctica comenzó a popularizarse en los años 60, con el explosivo interés hacia los derechos humanos y animales, como también hacia las costumbres hinduistas, budistas y de otras corrientes espirituales que abrazan el vegetarianismo. Mucho se ha escrito sobre el tópico, desde “Liberación animal”, publicado en 1975 por el filósofo Peter Singer -libro esencial de movimientos como Peta (Personas por el Trato ético de los Animales)- hasta “El animal que luego estoy si(gui)endo” de Jacques Derrida.

También hay textos más recientes como “El dilema del omnívoro”, de Michael Pollan, y el terrorífico “Fast Food Nation” del periodista Eric Schlosser, dos libros que sirvieron a Safran Foer en su investigación. Pero la novedad de “Comer animales” es que este popular novelista no sólo convierte el dilema de la carne en una narración por momentos literaria, sino además baja el tema desde la academia y el periodismo hacia una amplia población de lectores que, si no fuera por la atracción que causa su famosa pluma, no se acercarían a un libro sobre comer animales.

Las páginas del texto están atiborradas de datos duros. Entre ellos, se cuenta que el 99 por ciento de la carne que se come en Estados Unidos proviene de granjas industriales, un “sistema de ganadería industrializada e intensiva en el cual los animales -a menudo alojados por decenas o cientos de miles- son criados genéticamente, se encuentran restringidos en su movilidad y son alimentados a base de dietas antinaturales”.

Si bien este mecanismo de producción ha bajado considerablemente el precio de la carne, sus costos “externos” en animales y en humanos han sido muy altos, algo que Safran Foer deja en claro con ejemplos extremadamente gráficos: desde pollos a los que se les mutila el pico para evitar el canibalismo provocado por el estrés del hacinamiento, hasta vacas que son desolladas, desangradas y descuartizadas vivas porque el método de aturdimiento falló, algo no tan poco común, según explica.

El ejemplo de la producción avícola es uno de los casos más crudos: “Antaño estas aves tenían una esperanza de vida de quince a veinte años, pero el típico pollo de hoy muere aproximadamente a las seis semanas”, escribe el autor. él mismo fue testigo de la miseria de una granja de pavos, en la que se infiltró con una activista, experiencia que comparó a la de un grupo de humanos que se queda encerrado en un ascensor -algunos se vuelven locos, otros mueren asfixiados, unos practican el canibalismo y otros no pisan el suelo por el hacinamiento- cuyas puertas se abren sólo al final de sus vidas.

La crueldad del sistema llega a niveles sádicos; de aquí que leer el libro se convierta a menudo en una pesadilla, aunque una pesadilla necesaria, cree el autor, sobre todo en un mundo en que se está consumiendo más carne que en cualquier otra época de la historia, al mismo tiempo que la obesidad va en alza (sólo Kentucky Fried Chicken compra al año casi mil millones de pollos). El problema para Safran Foer no es sólo que animales vivos están siendo tratados como si estuvieran muertos, sino además que existe una total negación de la realidad -por algo nadie quiere saber cómo funciona un matadero- y una ausencia de decisión (comer o no comer) cuando se consume carne.

Aquí cita a Derrida: “Nadie puede negar en serio (…) que los hombres hacemos lo que podemos con el fin de disimular esta crueldad [de la producción de carne] o de ocultarla ante nosotros mismos, con el fin de organizar el olvido de esta violencia a escala global”. El secretismo de las granjas industriales es, para Safran Foer, la clave de su éxito: mientras la gente no sepa cómo se procesa a los animales, seguirá teniendo en mente la imagen inocente de las granjas al estilo de “La casa en la pradera” y no las industrias sangrientas que se asemejan más a la escenografía de “Blade Runner”.

Kafka y los peces

El autor de “Comer animales” advierte que no es activista y que tampoco es un amante de los animales, pero aun así algunos críticos en Estados Unidos e Inglaterra lo han acusado de plantear argumentos “sentimentales” a la hora de convencer al público de no comer carne. En parte, porque pregunta al lector por qué una persona come un animal inteligente como el cerdo y no se come a su propio perro (en Filipinas es considerado “un manjar”). Pero también por su rechazo hacia el sufrimiento animal.

No obstante, no es el único escritor sensible frente al tema. Un caso célebre es el de Kafka, también vegetariano, quien cuando visitó el acuario de Berlín le dijo a los peces: “Ahora al menos puedo miraros en paz, ya no os como”. Safran Foer dice al respecto: “los cuerpos de estos animales cargaban, en opinión de Kafka, con el peso del olvido de todas esas partes de nosotros que preferimos olvidar. Cuando deseamos expresar desaprobación por una parte de nuestra naturaleza, la llamamos ‘naturaleza animal’, y nos dedicamos a reprimirla u ocultarla”.

A pesar de que el libro es muy decidor en cuanto a cifras -la industria ganadera es la culpable número uno del calentamiento global y contamina un 40 por ciento más que todo el sector del transporte junto-, “Comer animales” ha generado una gran controversia en los grandes países productores del Hemisferio Norte. Nadie cuestiona el efecto ambiental de la producción en masa de carne, pero se ha debatido mucho sobre las implicancias biológicas, morales y éticas del consumo de carne.

Jay Rayner, de “The Guardian”, le reclama a Safran Foer no considerar que el consumo de proteínas animales permitió a nuestros ancestros erguirse en sus dos pies e incrementar su capacidad intelectual. En tanto, el escritor Frédéric Beigbeder, en Le Figaro, le respondió con 16 razones para comer carne. Algunas, irónicas: “porque ningún animal ha escrito ‘Las flores del mal'”, “porque comer animales es una metáfora de la simpática filosofía capitalista (comer y ser comido)”. Otras, más serias: “porque comer animales nos recuerda nuestra fragilidad, violencia; la crueldad de la vida”.

Safran Foer no espera necesariamente que dejemos de comer carne, sino que se cambien los mecanismos industriales grotescos por granjas humanas y éticas alejadas de la crueldad, muy escasas hoy en Estados Unidos. “¿Qué clase de mundo crearíamos si tres veces al día activáramos la compasión y la razón al sentarnos a comer, si tuviéramos la imaginación moral y la voluntad práctica de cambiar nuestras más elementales normas de consumo?”, se pregunta el autor, quien sabe de antemano el efecto que tendrá su libro en el lector: “(Ya) no podemos alegar ignorancia, sólo indiferencia”.

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